• Sáb. May 21st, 2022

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6 Tiburones Enanos En El Raro Mundo De Charlie

Cuento escrito por Angélica Casapía

La inquietud de sus pensamientos no dejaba dormir a Charlie, una pequeña de cuatro años que observaba en silencio como sus “tiburones enanos” jugueteaban en su pequeña y redonda pecera.

Minutos después, salió de su letargo. Era hora de la cena nocturna de sus peces antes de irse a la cama.

Charlie disfrutaba el momento en que sus peces nadaban con rapidez hasta sus manos para comer sus diminutas bolitas que ella misma se los preparaba juntando pequeños crustáceos, insectos y lombrices que ella misma recolectaba por donde iba. Ese era su momento especial del día. Pues ella aprovechaba para tocarlos mientras se escurrían entre sus dedos. Era una sensación que la hacía sonreír y se ponía a juguetear con ellos, a ver quién le clavaba sus dientes filudos en sus dedos y eso era emocionante para ella.

Después de cenar, los pequeños tiburones de profunda mirada oscura, pero bondadosa, pegaban sus naricitas al grueso vidrio de la pecera iluminada por su reflector. Después que el cardumen tenía la panza llena, la observaban encantados con la presencia de la niña y trataban de comprender que había detrás de su melancólica mirada, y suspiraban igual que ella, abriendo y cerrando sus diminutas boquitas al ritmo de sus agitadas agallas.

Tiburones Enanos

Hasta ese momento, Charlie no conocía el misterio que la conectaba con esos enanos seres del mundo acuático atrapados en su pecera. Eran especiales y del tamaño de los peces beta, no tan hermosos como ellos, pero definitivamente, una rara especie que ni un biólogo marino podría creer que existieran.

No había día en que no se preguntaba ¿de dónde el abuelo Alfonzo los habría sacado? No parecían ser de este mundo. Por esa razón sabía que no era la única rara en casa. Cada vez que la pequeña Charlie, agarraba a uno de ellos en sus manos, sentía sus afiladitos dientes clavados como pequeñas agujitas de costurera en uno de sus dedos y que a veces le dejaban pinchazos dolorosos. Era en ese instante, que le transmitían un mensaje que ella aun no podía descifrar. No era que le hablaran en otro idioma, sino que era más bien mental.

Y todos los días se repetía los mismo, “sólo son tiburones reducidos del tamaño de una almendra, inteligentes, mordedores y hambriento pececillos.”

Sin embargo, no todo lo que describió Charlie sobre sus “mascotas” era cierto. Se olvidó de algo importante, después de todos, eran tiburones. No importaba sus tamaños ni sus gracias ni cuanto se comunicará con Charlie, seguían siendo tiburones, los dueños de los océanos.

En total tenía 6 en su pesquera, regalo de su abuelo Alfonso, incluyendo esa rara especie, que después de todo eran cariñosos con ella, claro un poco tosco para comunicarse con Charlie. No había otra forma de llamar la atención de la niña.

A penas llevo la pecera redonda y pesada a su dormitorio, Charlie los bautizo y le había dado un nombre a cada uno de ellos después de observarlos por largo tiempos sus movimientos. Ahí estaban, renegón, tragón, pulga, veloz, juguetón y solitario, en honor a su abuelo Alfonzo. Ella sentía que ya tenía su propia familia rara….continuará la próxima semana