Ciencia Ficción: El Misterio del “Fin del Mundo” que Empezó con un Cuento Infantil

El viejo Dull escondía sus extrañas zapatillas de colores con suelas de metal y sin pasadores de las miradas de los curiosos entre grandes rocas cubiertas de oscuros musgos verdosos, y que formaban una pequeña hendidura en la Vieja Bahía de Tampa, en el lado donde las rocas se habían vuelto hurañas y peligrosas.

Los afilados acantilados eran rodeados temerariamente por las embravecidas olas, que al estrellarse contra ellos, levantaban espeluznantes espumas amarillentas, que de noche parecían las sombras de terribles monstros saliendo del fondo del mar. Mientras que él se sumergía placenteramente en las aguas tibias tomando la forma de cualquier especie marina que se le antojara. Nunca debía ser igual a otras que ya existieran. Siempre era único. Auténtico.

Hasta que un día, unos niños traviesos que lo venían siguiendo desde hace algún tiempo intrigados por su sospechosa y encorvada apariencia de malvado hechicero, tomaron una de sus viejas zapatillas y la tiraron sin remordimientos al fondo del mar.

El pobre Dull no podía regresar a su forma humana si es que no se colocaba el par completo de un brinco una vez que saliera del agua. Esta vez el viejo había tomado la forma de un alacrán marino de extraordinarios ojos verdes como esmeraldas brillantes dignas de una corona; además, poseía un hermoso pelaje anaranjado que le cubría todo su cuerpo como una capa real.

Él Subió hasta las rocas en busca de refugio con ayuda de sus pies humanos que le servían para caminar como gente, y eran el sello indiscutible que lo describía como un forastero errante de otro mundo. Además, era lo único que no podía cambiar en sus increíbles transformaciones marinas y los conservaba como dos protuberancias que se desprendían libremente a los costados de una infaltable cola; todo esto lo hacía una especie inimitable e inconfundible.

Ya afuera del océano, se tumbó a descansar sobre una enorme piedra oscura que parecía atormentada por aquellos monstruos míticos de espuma salada; después de todo, eran los únicos le daban una triste bienvenida a lo que sería su nuevo hogar.

Luego de descansar un poco, trató de colocarse la única zapatilla de colores con suela de metal y sin pasadores que le quedaba. Grave error! Pues no pudo recuperar su forma humana pero tampoco conservar su exótica anaranjada apariencia marina. Era un todo maltrecho de dos especies irreconciliables peleando por sobrevivir. Las olas del mar se convirtieron en su principal proveedor y protector; en cada visita le traían pequeños crustáceos y algas que se convirtieron en sus infaltables alimentos. Su cabeza era indescriptiblemente deforme pero pudo recuperar la visión de un solo ojo humano; su hocico era muy prominente que le servía para comer y gesticular sonidos lastimeros. Viéndose en tal terrible situación, el brujo Dull hizo una promesa:

-“Aquel que me rescate y encuentre mi vieja zapatilla de colores con suela de metal y sin pasadores, le concederé un deseo”. 

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