Brasil y España en Encrucijadas políticas: Entre la Falta de Concenso y la Corrupción

Foto: Agencia Andina de Noticias Perú

Por: Rodrigo Chillitupa Tantas*

Uno de los principios fundamentales que se rige en la democracia de cualquier nación, es el diálogo. Es el medio por excelencia para lograr  consensos a mediano o largo plazo sobre asuntos de trascendencia e interés nacional.

Sin embargo, cuando éste no existe, la ingobernabilidad es la consecuencia inmediata que recae sobre el sistema político y que, asimismo, tiene claras repercusiones en la sociedad. Miremos, lo que ocurrió las últimas semanas en Brasil y España, dos países con un ordenamiento constitucional rescatable desde hace mucho tiempo,

Para empezar, Dilma Rousseff fue destituida como presidenta de Brasil. En medio de un juicio político que se le seguía desde mayo pasado, donde fue suspendida provisionalmente. El Senado dispuso ponerle fin a su gestión a finales del mes de agosto  pero no fue por los sobornos millonarios entorno al caso Petrobras que algunas personalidades de su gobierno se vieron envueltas, tampoco por los aportes dudosos que recibió para su campaña de reelección ni mucho menos por la crisis económica y social que deja a su país. No, nada de eso.

Por el contrario, la sacaron del cargo porque –presuntamente- la ex presidenta de Brasil fue la que impulsó la violación a las normas fiscales brasileñas y, además, de haber maquillado cifras del presupuesto general de la República. Una cuestión que, según diversos juristas internacionales han manifestado, no tiene una consistencia legal. Y más bien, se considera que esta decisión de sacar a Rousseff, es sólo por un ánimo de revanchismo político de sus opositores.

En especial de un sector de la derecha brasileña, que se ha visto derrotada en las elecciones por el Partido de los Trabajadores en casi más de una década.

Otro punto también  que me resulta algo curioso dentro de todo este dilema carioca tiene relación a que los febriles acusadores de Rousseff, sean personajes que tengan serias denuncias de corrupción. Más de la mitad de los representantes de la Cámara de Diputados, que fue donde se aprobó para que se dé el “impeachment”, están involucrados en el caso Petrobras.

Inclusive, uno de los impulsadores -desde el año pasado- fue Eduardo Cunha, a quien destituyeron de la presidencia de Diputados por haber ocultado cuentas financieras en el extranjero. Ni que decir del que ha quedado en el poder: Michel Temer, el gran beneficiado por la salida de Rousseff. Pero que, a la vez, también se encuentra involucrado dentro de la cantidad de políticos con cuestionamientos de corrupción.

Es innegable que la gestión de Rousseff iba a tener en cualquier momento un desenlace fatal debido a que los aliados que llevaron al Partido de los Trabajadores al poder, finalmente, los traicionaron cuando las denuncias de corrupción imperaban. Y en eso, debió prever Rousseff de no presentarse a la reelección para evitar el mismo episodio que le ocurrió al expresidente Collor de Mello en 1992, destituido por corrupción.

Sin embargo, en clara conclusión, lo que pasó en Brasil es simplemente considerado como un “golpe de Estado” donde se vulneró el orden institucional. La gestión de un gobernante en funciones debe respetarse, dado que se pone en un serio peligro la estabilidad gubernamental del país si resulta interrumpida. La voluntad de las masas que votaron por el Partido de los Trabajadores terminó por ser trasgredida por los intereses de un puñado de políticos corruptos, que ahora parece haber contribuido a agudizar el rechazo de la población frente a sus autoridades. ¿Qué pasará más adelante? Sólo el tiempo lo sabe.

Por otro lado, España, tampoco, resulta lejana a la situación brasileña. En la “Madre Patria” no hay estabilidad política. Después, de un año no han podido formar un gobierno. Aquí hay un toma y daca visible, pues los partidos más influyentes: el Partido Popular, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Podemos y Ciudadanos, no han logrado ponerse de acuerdo para ponerle fin a esta coyuntura incierta de algún modo. Y, al parecer no hay mucho interés por hacerlo.

Pues, con una lucha de intereses acerca de lo que es lo más conveniente para el país, en dos oportunidades, ha habido un fallo en la investidura. Primero con el socialista Pedro Sánchez, quien no fue apoyado por el Partido Popular de Rajoy, pues no llegó a obtener los votos necesarios a pesar de que impulsó el dialogo en la clase política española, pero al final no resultó. Y, por ello, los ibéricos tuvieron que ir a las urnas nuevamente en junio. Con un resultado idéntico al de diciembre.

Con Mariano Rajoy, quien de manera incesante quiere seguir en el cargo, ya que no desea ser el único primer ministro español sin reelegirse en la historia. Es de conocimiento que  España no pasa por un buen momento financiero y, además, por la creciente corrupción que lo acrecienta. Lo que en parte se le culpa al Partido Popular de Rajoy de la situación, sin embargo parece que esta fuerza política no entiende este panorama y sigue en sus treces.

Ni que decir del Partido Socialista. El ánimo de revanchismo de Sánchez tras su frustrada elección contribuye a que también no exista algún viraje distinto y se pueda buscar la solución a la investidura, que por ahora resulta más lejana. En esa línea, también, el partido Podemos y Ciudadanos no tiene la influencia política necesaria para lograr dialogar y superar el difícil contexto. ¿Qué pasará? No se sabe aún. Lo cierto es que España quiere restablecer la investidura de su primer ministro después de casi un año de no tener a nadie fijo en el puesto más aún en una álgida situación política, social y económica que atravieza Europa.

A todo lo mostrado, ¿por qué cito a Brasil y España? Sencillo y claro. En ambos países, el consenso ha estado ausente para resolver asuntos de trascendencia y de interés. Los protagonistas de las clases políticas brasileña y española se encuentran en ese mismo bolo de la intransigencia: la lucha de intereses y la poca importancia de no favorecer el fortalecimiento de la democracia y mantenerla frágil careciendo de un institucionalidad en sus países.

Si tan sólo recordaran lo que el irlandés George Bernard Shaw dijo: “la democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”, todo sería diferente.

*Periodista

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