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marina

La Señorita Marina

“Aprender no es gratis”

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Me alegro de no ser tan joven. Me río del pasado que me hizo sufrir y pagar con creces mi cándida inexperiencia en las peligrosas arenas del amor, a veces arriesgando mi vida en manos ajenas y otras, en las mías propias. A veces creemos que vamos a sucumbir frente a un sentimiento que no tiene explicación ni buen asidero de donde sujetarse, pero que creemos que lo necesitamos para respirar sabiendo que nos podría asfixiar. Nunca nuestra autoestima se sintió más vulnerable.

“Aprender no es gratis” –me dio mi primera lección, Marina, una amiga soltera que trabajó conmigo en un centro comercial de Nueva York hace muchos años cuando yo prácticamente todavía era una muchacha ingenua en todo el significado de la palabra. Ella ya había cruzado tranquilamente la barrera de los sesenta y cinco años y trabajaba porque no tenía nada más que hacer, en realidad no necesitaba seguir haciéndolo. La tienda era su casa y todos los empleados, su familia.

“Dios no me dio hijos pero el diablo me dio sobrinos” –me decía riéndose de su suerte. En abierta protesta retroactiva al destino por haber dejado huérfanos a unos niños, después que su hermano y su cuñada murieron en un accidente de auto. Yo no sé si eso fue el motivo para que Marina desechara cualquier intento de formar su propio hogar con el hombre de su vida, para encargarse de unos desamparados parientes que no tenían más familia que ella. Lo cierto es que nunca se casó, y nunca la vi infeliz por esa decisión. Ella hizo la elección que creyó correcta.

Cuánto he sufrido tratando de descifrar ese acertijo sobre el verdadero valor del conocimientos para esquivar las aspas descontroladas de un ventilador gigante, que a veces resultan ser los conflictos que se presentan en la vida, cuando no tienes la experiencia suficiente para librarte de caer en sus violentas arremetidas. Y después que obtuve la respuesta, cuántos problemas me he ahorrado gracias a Marina. Al final me di cuenta, que después de todo, aprender puede salir gratis si echas mano de tu experiencia para evitar conflictos posteriores.

Marina, una mujer maravillosa, sencilla y de buen carácter, quien escondía probablemente algún tipo de frustración cubierta con una gruesa capa de bondad, que además le servía para sepultar el misterio de su soltería. Su figura extremadamente delgada, de piel clara aterciopelada y de gracioso andar; tenían como cúspide una bien proporcionada cabecita de canosos cabellos ondulados, iluminados por unos ojos rasgado casi grises que no ocultaban del todo aquel color verde claro que debieron ser impactantes luceros de su juventud.

Su presencia me hacía imaginar un glorioso pasado desbordante de belleza y picardía que sólo podía compararse con el recuerdo de una princesa tailandesa a quien conocí mientras visitaba países asiáticos varios años después. Así era Marina; frágil, gentil y sensata con un suave halo de majestuosidad, a quien no le hizo falta tener sangre azul corriendo por sus venas para ser real.

Con ella aprendí, que el sufrimiento te enseña a apreciar los buenos momentos y a ser mejores seres humanos sacando provecho de las lecciones que pagamos con lágrimas y altos intereses a un usurero banco de la vida. De nada vale rehusarse y lamentarse de la intransigencia de nuestros cobradores. Ellos son parte esencial de la cadena de aprendizaje porque perderíamos toda oportunidad de prepararnos para el éxito si decidiéramos andar con una venda en los ojos en una actitud de negación perpetua como única forma de sobrevivir. De nada nos sirve asumir un papel de víctimas cuando nuestros verdugos somos nosotras mismas que nos negamos a pagar para aprender.

Las consecuencias de la inexperiencia son monedas que se exigen a cambio de volvernos expertas en sortear obstáculos que nunca van a faltar en la construcción de nuestro propio camino.  Nadie más lo hará por nosotras.

Por esta razón pienso que no hay que tener miedo a las experiencias y no se las debe discriminar catalogándolas como buenas y malas. Aunque algunas no son agradables, resultan más enriquecedoras que las otras porque aprendemos a ser precavidas y silenciosas.

El precio a pagar dependerá de nuestra capacidad de asimilación para saber si las lecciones que nos brindan las experiencias serán fácilmente absorbidas por nuestra conciencia; mientras más lento o complicado sea este proceso, más costosas serán y posiblemente, tengan que ser repetidas cuantas veces sea necesario. Lo que sí es cierto, nadie se escapa sin pagar aunque no aprenda nada.  Descargar Gratis

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